Mar 232017
 

Antiguamente podía haber excusa para no utilizar los diccionarios. Eran caros, pesados, había que levantarse ex profeso para ir a buscarlos… Hoy, si no los usas es porque no quieres. Tienes magníficas obras que son gratis y que puedes consultar a golpe de ratón o incluso con una aplicación para teléfono móvil.

Las referencias principales son el Diccionario de la lengua española (también conocido como DRAE) y el Diccionario panhispánico de dudas (o DPD). Puedes consultar ambos gratuitamente en la web de la Real Academia Española. Solo tienes que seguir los enlaces que te he puesto. El DRAE te servirá para asegurarte de que las palabras significan lo que crees que significan. Ahí es adonde acudimos todos para enterarnos de qué quiere decir inconsútil o cerúleo. El DPD está más orientado a resolver cuestiones gramaticales, ortográficas, morfológicas, etc. Aquí es donde averigua uno si el verbo advertir debe llevar detrás una preposición, si arcoíris se escribe en una palabra o en dos y cómo se conjuga el verbo asolar.

Estos dos diccionarios te van a resolver el 99 % de los problemas de léxico que se te puedan presentar mientras escribes (y es importante que los vayas resolviendo a medida que escribes). Después hay todo un arsenal del que podemos echar mano, pero que por el momento solo está disponible en papel.

El Diccionario de uso del español de María Moliner sigue siendo una de las mejores obras lexicográficas para nuestra lengua. Lo es por la claridad de las definiciones, porque contiene ejemplos abundantes y bien escogidos y porque explica también algo de gramática y ortografía cuando hace falta. Para este no hay versión en línea. Sí existe una edición en CD-ROM, pero las pocas unidades de CD que quedan en los ordenadores no creo que aguanten ahí muchos años. Sea como sea, si escribes con regularidad, deberías ir pensando en hacer hueco en las estanterías para sus dos volúmenes. Con hojearlo de vez en cuando y detenerte a leer los artículos que te llamen la atención, vas a aprender más que con algunos de los cursos de redacción que ofrecen por ahí.

Para ciertas formas de escritura puede ser útil a veces el informarse sobre los orígenes del vocabulario. Para eso, la herramienta fundamental es el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Son seiscientas páginas en las que quedó condensado lo que sabía el filólogo Joan Corominas sobre la historia de las palabras. No tiene nada que envidiarle a una buena novela en una noche de invierno.

No soy muy partidario, en cambio, de los diccionarios de sinónimos. A no ser que los sepamos utilizar muy bien, suelen hacer más daño que otra cosa. Además, todavía no he encontrado uno verdaderamente bueno para nuestra lengua.

Por lo demás, en cuestión de vocabulario, cuanto más sabe uno, más duda. Es fundamental que consultes todas las palabras que te producen inseguridad y también algunas de las que no. Estas son las que nos suelen tender las zancadillas más traicioneras.

La gramática y el vocabulario se aprenden de maneras completamente diferentes. La primera la absorbemos en lo fundamental durante los primeros años de vida. Después solamente le vamos dando retoques. El aprendizaje del léxico, en cambio, se prolonga durante toda nuestra existencia. Si algún día te percatas de que se va haciendo tarde y no has aprendido ninguna palabra, no descartes la posibilidad de que estés muerto y no te hayas enterado.

 23 de Marzo de 2017  diccionarios, redacción
Mar 162017
 

La palabra carné es un préstamo del francés. Un carné es, en primer lugar, una tarjeta que sirve para acreditar la identidad de su propietario o para identificarle como miembro de alguna asociación o colectivo:

(1) Sancho se puso los guantes para examinar la foto del carné de identidad, modelo antiguo y caducado [César Pérez Gellida: Memento mori].

Menos frecuentemente, puede referirse a un cuadernito para apuntar cosas, como en el ejemplo (2):

(2) Pero también revólveres, jarrones, espejos y un carné de baile, una diminuta libreta usada por las damas en las galas para apuntar por orden las peticiones masculinas [El País (España), 2-2-2001].

Este nombre admite dos grafías: carnécarnet. Es preferible usar la primera, que es la forma castellanizada. Por lo que respecta a la lengua oral, la pronunciación sin te final no solo refleja la del original francés, sino que resulta más natural y relajada en nuestra lengua: [karné].

Ambas variantes añaden una ese para formar el plural:

(3) el carné > los carnés

(4) el carnet > los carnets

En la edición de 2014, el Diccionario de la lengua española recogió por fin el verbo carnetizar, que se emplea en algunos países de América para referirse al acto de proveer de carné a personas o grupos. También se admite el sustantivo carnetización.

La alternancia ortográfica que hemos mencionado no es exclusiva de la palabra carné. Está generalizada entre los galicismos que, en francés, terminan en -et: chalé/chalet, bidé/bidet, parqué/parquet, bufé/bufet. En todos los casos se prefiere la variante castellanizada.

En resumen, no se va a rasgar el cielo si escribes o dices carnet, pero lo que recomiendan las Academias de la Lengua y lo que te aconsejo yo modestamente es que te quedes con carné.

 16 de Marzo de 2017  léxico, ortografía, sustantivo
Mar 092017
 

En lingüística también hay prótesis. Se denomina así a los sonidos que se agregan al principio de alguna palabra. En español, concretamente, es muy frecuente la e protética. Esta vocal se antepone a ciertas secuencias iniciales de consonantes para facilitar la pronunciación.

En época latina, los habitantes de la península ibérica se encontraron con una dificultad para aprender la lengua de Roma: eran incapaces de pronunciar la ese líquida, o sea, la que aparece al principio de una palabra y va seguida de otra consonante. Los romanos decían con la mayor soltura spuma, statuascriptura. En cambio, nuestros antepasados se trabucaban con tanta consonante o al menos eso es lo que parece indicar la evolución de estas tres palabras y otras parecidas: se les añadió una e de apoyo que las dejó transformadas en nuestras actuales espuma, estatua, escritura. Ninguna ese líquida sobrevivió en el paso del latín al castellano.

No hemos superado nuestra limitación articulatoria en el curso de los milenios. En las últimas décadas hemos tomado muchos préstamos del inglés. Unos cuantos comienzan por ese líquida, por ejemplo, snob y spray. Sin embargo, nadie pronuncia estos nombres como en la lengua original. Sistemáticamente, les añadimos una e protética. Por eso, su grafía oficial se ha castellanizado como esnob, espray y con esta forma los encontraremos en el diccionario.

Además, esto no nos pasa solamente cuando introducimos palabras extranjeras en nuestra lengua. Cuando nos ponemos a estudiar otro idioma, tropezamos con el mismo escollo. En inglés o en francés se nos reconoce fácilmente por nuestra afición a deslizar una e cada vez que nos topamos con una ese líquida. Por ejemplo, si un hispanohablante intenta decir en francés structure spirale, hay muchas posibilidades de que transforme esa combinación en [estriktír espirál] o algo por el estilo. Si tratamos de explicarle a un amigo inglés que nos gusta el deporte (I like sports), lo más fácil es que acabemos diciendo [ai láik espórts].

Cada idioma tiene sus particularidades fonéticas y esta es una de las del nuestro. No es quizás la más llamativa, pero sí que se ha revelado como extraordinariamente constante a lo largo de la historia. Y ahora, si tienes lo que hay que tener, prueba a decir: Skiing is special in Spain (que viene a ser ‘esquiar en España es algo especial’).

 

 9 de Marzo de 2017  lengua oral
Mar 022017
 

Las lenguas cambian. Están en constante cambio y no pueden dejar de cambiar. Esto es un hecho. Pero ¿por qué se produce esta transformación incesante?

A menudo se cita el deseo de expresividad como uno de los factores que motivan el cambio lingüístico. Los hablantes, por lo general, somos comodones. Tendemos a servirnos de fórmulas que nos resultan familiares y que nos exigen el mínimo esfuerzo. Sin embargo, de vez en cuando, se despierta en nosotros el deseo de ser creativos para darles así más fuerza a nuestras palabras. Eso nos lleva a sustituir expresiones manidas y rutinarias por otras nuevas e inventadas.

En mi variedad de español, lo normal es decir que son “las cinco menos veinte”. Esta manera de decir la hora es breve, es informativa, se entiende con facilidad dentro de mi grupo de hablantes y cubre mis necesidades lingüísticas el 99,9 % de las veces. Sin embargo, cuando queremos captar la atención y destacar, no nos conformamos con la forma habitual, sino que inventamos giros que rompen las expectativas. Así, un locutor que quiere mantener a sus oyentes pegados a la radio podrá recurrir a rodeos como estos: “Cuando faltan veinte minutos para las cinco”, “A falta de veinte minutos para las cinco de la tarde” o “Veinte minutos más y llegaremos a las cinco de la tarde”.

Cuando una expresión innovadora tiene éxito, empieza a ser repetida por más y más hablantes. De esta manera, puede ir haciéndose un hueco entre el repertorio de expresiones de una comunidad lingüística. Con el paso de los años (o de los siglos), esa forma que un día fue original irá desgastándose. Se incorporará al acervo de las expresiones estándar de esa lengua y se convertirá en candidata a ser arrinconada por otras expresiones más innovadoras. El futuro del verbo cantar en latín era cantabo. Ese tiempo verbal fue desplazado poco a poco por una expresión nueva: la perífrasis cantare habeo, que originariamente tenía un significado de obligación (‘tengo que cantar’). El uso, a lo largo de los siglos, fue erosionando esta perífrasis. Al final quedó reducida a lo que hoy es el futuro de indicativo: cantar-é, cantar-ás, cantar-á (prueba a separar las desinencias y comprobarás que lo que hay detrás es el verbo haber, al que simplemente le falta la hache). Sin embargo, hoy apenas utilizamos ese tiempo verbal para expresar futuro porque tenemos una perífrasis más reciente formada sobre una idea de movimiento: voy a cantar. Como ves, lo que hemos hecho a lo largo de miles de años es ir dando vueltas en círculo o quizás en espiral.

Lo humorístico tiene un papel destacado en estos mecanismos de creatividad expresiva. En latín clásico, ‘pierna’ se decía crus, cruris, pero los hablantes se empezaron a poner de acuerdo en que era más divertido llamar a eso ‘jamón’ (imagínate a un legionario riéndose de sus compañeros o a un abuelo entusiasmado con los jamoncitos de su nieta). El caso es que fue ganando terreno este uso de la palabra que servía para nombrar los jamones en latín, o sea, perna. Hoy en español no queda rastro del clásico crus, cruris como no sea en el tecnicismo crural (‘relativo al muslo’). Se ha impuesto la palabra pierna y nos inventamos otras metáforas cuando queremos nombrar esa parte del cuerpo con una cierta expresividad: pueden ser palillos, patas (como las de los animales) o, por supuesto, jamones. Descubrimos aquí una vez más el movimiento de noria que es tan característico del cambio lingüístico.

‘Cabeza’ en latín era caput, capitis, pero en la lengua coloquial se fue haciendo cada vez más normal sustituir ese nombre por testa, que significaba ni más ni menos que ‘tiesto’. De manera parecida, nosotros nos referimos a las cabezas como ollas, cacerolas o similares. De ese tiesto del latín coloquial salieron sustantivos tan respetables como el francés tête, el italiano testa y términos castellanos que hoy tienen poco uso, como testatestuz.

Podríamos multiplicar los ejemplos, pero lo que hemos contado hasta aquí basta para ilustrar cómo los hablantes a veces sienten ganas de innovar, de ser originales, de llamar la atención o, simplemente, de jugar con el lenguaje. Cuando esas invenciones triunfan, la lengua se va modificando. Así ha sido desde que los seres humanos empezamos a hablar y así será hasta el día en que callemos definitivamente.

 2 de Marzo de 2017  lenguas
Feb 232017
 

El sustantivo mano no nos llama la atención porque lo hemos utilizado hasta la saciedad, pero lo cierto es que es raro raro raro.

Sus extravagancias empiezan por el género. Es uno de los pocos femeninos terminados en -o que tenemos en español. Sus compañeros son algunos acortamientos como la moto (< motocicleta), algún cultismo como la libido y pocos más (no vamos a contar los que alternan entre el masculino y el femenino, como el piloto/la piloto).

También ha sido especial su evolución histórica. Mano en latín se decía manus, -us. Formaba parte de un exiguo grupo de femeninos de la cuarta declinación. Eso de que un nombre femenino terminara en -us ya era una rareza en latín. Esa era la terminación típica del masculino (de ahí vienen nuestros masculinos en -o). Los femeninos en -us no salieron muy bien parados en el paso al castellano. Casi todos desaparecieron. Los que sobrevivieron tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos. Algunos mudaron la terminación para no destacar. La nurus de la Roma clásica acabó convertida en la nuera castellana. Y la sucrus se reconvirtió en suegra para no ser menos. Otros se pasaron al masculino para amoldarse a su terminación. Por eso, la pinus nigra es hoy el pino negro. La manus latina fue la única que después de pasar los filtros castellanos se mantuvo como mano (la tribu se quedó en tierra de nadie con esa terminación en -u, pero eso nos daría para otro artículo).

Las excentricidades de mano continúan con los diminutivos. Unos decimos la manita y otros la manito. La forma manita es la más frecuente en España y en México, pero es una construcción peculiar. Los otros femeninos en -o conservan su terminación:

(1) la moto > la motito

(2) la foto > la fotito

Incluso, si alguien quisiera referirse cariñosamente a su libido, seguiría el mismo patrón:

(3) la libido > la libidito

Por tanto, el diminutivo la manito se limita a seguir la regla general. Esta variante, que tanto nos choca a los españoles, es la más frecuente en América, con la excepción de México.

Pero no acaban aquí las complicaciones del diminutivo. Hay un tercero en discordia: manecita. Este es el modelo que sigue la palabra manecilla, que se ha especializado para nombrar a las agujas del reloj. Y ni siquiera aquí conseguimos ponernos de acuerdo todos los hablantes. Algunos prefieren hablar de las manillas del reloj y hay incluso quien las denomina manijas. Esta última palabra es la heredera del diminutivo latino de mano: manicula.

Como ves, la palabra mano, acumula más rarezas de lo que uno pudiera esperar. La explicación es simple: la mano, como órgano de nuestro cuerpo, es importantísima para los seres humanos. Eso hace que utilicemos su nombre muy a menudo. De ahí que recordemos todas sus particularidades, que se perderían si esta palabra tuviera menos uso.

 23 de Febrero de 2017  léxico, sustantivo
Feb 162017
 

Este principio está muy relacionado con el de ir al grano. No solo tienes que ir directamente al meollo de la cuestión, sino que debes presentar esta de forma concisa. En contra de lo que pueda parecer, es más complicado escribir textos breves que dejar que nuestros escritos se alarguen indefinidamente. Lo uno necesita trabajo; para lo otro basta con dar salida a la incontinencia verbal.

La brevedad se les puede y debe exigir a todos los niveles del texto. Vayamos por orden. Empecemos por la extensión total del artículo. Esta debe ser la mínima para tratar de manera completa el contenido. Además, el tamaño del artículo tiene que permitir leerlo de una sentada (las sentadas cada vez son más cortas en el mundo digital). Si tu artículo crece y crece sin que se le vea el final, probablemente es porque no tiene unidad de contenido. En ese caso puede ser más sensato trocearlo y sacar de allí dos o tres diferentes. En cualquier caso, cuando des por concluido el texto, revísalo mientras te haces esta pregunta: ¿cómo puedo contar esto mismo de manera más breve?

Los párrafos también deben tener una extensión moderada. Un párrafo que se prolonga durante una infinidad de líneas invita al lector a salir corriendo. No obstante, tan peligrosos son los párrafos demasiado largos como los que se quedan cortos. De los párrafos tendremos que hablar en otro momento, así que no nos detendremos en ellos por ahora.

La longitud de tus oraciones también se debe mantener bajo control. No hay sitio en Internet para las frases largas y ampulosas. Si notas que una oración se va alargando más allá de lo razonable, probablemente es porque hay un problema de estructura. Las oraciones inacabables son cerezas que vamos sacando de un cesto enganchadas las unas a las otras. Redactar con oraciones breves no es más que separar ideas y ordenarlas. Muchas personas descuidan esto porque la redacción con oraciones breves es exigente y requiere un considerable trabajo de planificación y revisión. Sin embargo, la brevedad es una muestra de cortesía del escritor para con el lector. Cuanto más se afana quien redacta, más accesible resulta el texto para quien lo tiene que leer.

La brevedad está muy relacionada con el uso económico del vocabulario. Si lo puedes decir con una palabra, no lo digas con dos (y mucho menos con cinco o seis). Es mejor registrar la vivienda que llevar a cabo el registro de la vivienda. Tu lector lo va a preferir: va a terminar de leer antes y se va a enterar mejor. Es preferible mayor a más grande. Resulta más efectivo y directo impide que no permite. Trata de encerrar tanto contenido como puedas en cada una de tus palabras. Eso sí, esta necesidad la tendremos que compaginar con la de variación, que es exigible a todo escrito.

Por último, la exigencia de brevedad también se aplica a la forma de las palabras. Si ves oportunidad de escribir ya en lugar de inmediatamente, no andes dudándolo. Es mejor contar que contabilizar o ver que visualizar. El utilizar una palabra larga en lugar de una breve solo está justificado si aporta más precisión o si nos permite introducir variación en el texto.

La búsqueda de la brevedad resulta imprescindible para escribir un blog, pero es recomendable prácticamente para cualquier tipo de texto.

 16 de Febrero de 2017  varios
Feb 072017
 

Resiliencia es un sustantivo que la Real Academia Española incorporó al Diccionario de la lengua española (DRAE) en su edición de 2014. Es una de las muchas palabras que hemos ido tomando del inglés en los últimos tiempos.

Resiliencia es ‘resistencia’, pero no una forma de resistencia cualquiera. La clave para entender su uso nos la va a dar la etimología. El inglés resilience está formado sobre el verbo latino resilire, que significaba ‘rebotar’. En este verbo latino, identificamos, a su vez, el prefijo re-, que indica repetición, y el verbo salire, que aporta la noción de ‘saltar’. La resiliencia es la capacidad para rebotar ante un impacto.

A partir de ahí se desarrolla el significado terminológico de ‘elasticidad de los materiales, capacidad de un material para recuperar su forma original después de doblarlo, retorcerlo, aplastarlo, etc.’. Veamos un ejemplo tomado de un artículo científico:

(1) La reacción de un material cuando la carga es retirada es recuperar parte de la deformación inducida; la capacidad de recuperación de dicho material es lo que comúnmente se denomina la resiliencia de los materiales [Julián Vidal y Rodrigo Osorio: Revista de la Universidad EAFIT, 2002 (125)].

Este primer significado se irá ampliando para incluir la capacidad de recuperación de mecanismos, (eco)sistemas, etc.

Sin embargo, esta palabra se conoce hoy día sobre todo por el amplio uso que se hace de ella en las ciencias sociales y, muy especialmente, en psicología. Ha pasado aquí a significar la capacidad de una persona para rehacerse ante las adversidades, para salir adelante a pesar de traumas, agresiones, pobreza extrema, etc. Ese es el significado que presenta en el siguiente ejemplo:

(2) La resiliencia protege de la adversidad, sin embargo su conocimiento científico es aún
escaso [Isabel Pérez-Olmos y otros: Revista de Salud Pública, 2005 (11)].

Este término de las ciencias sociales encierra una imagen: las personas (por lo menos algunas) tienden a recuperar su forma original después de sufrir un choque psicológico, una presión, algún acontecimiento traumático del que esperaríamos que deformara o incluso quebrara su personalidad.

Esta segunda acepción es hoy la más frecuente con diferencia. Queda recogida de forma general en una de las acepciones del DRAE:

(3) Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos [DRAE: resiliencia].

No estaría de más afinar un poco en la siguiente edición. Se podría indicar que es un concepto que se aplica específicamente a la psicología humana.

Existe también el adjetivo resiliente, que es lo relativo a la resiliencia.

Así que ya sabes: ante las adversidades de la vida, ¡resiliencia!

Nota: El ejemplo (2) está tomado de Real Academia Española: Banco de datos (CORPES XXI) [en línea]. Corpus del Español del Siglo XXI (CORPES). <http://www.rae.es> [acceso: 7-2-2017].

 7 de Febrero de 2017  etimología, léxico, sustantivo
Ene 312017
 

No se estrenan todos los días películas protagonizadas por lingüistas, así que no he podido resistirme a la tentación de escribir una reseña sobre La llegada (Arrival). La llegada nos adentra en una aventura lingüística que constituye el máximo desafío al que se puede enfrentar un profesional de las lenguas.

Louise Banks (Amy Adams) se dispone a impartir una clase sobre el portugués a los estudiantes de su universidad cuando se produce un hecho que va a cambiar el curso de la historia. Doce naves espaciales aterrizan en diferentes puntos del planeta. Uno de ellos son las praderas del Estado de Montana.

La profesora Banks ha colaborado anteriormente con los servicios de inteligencia estadounidenses, por lo que el coronel Weber (Forest Whitaker) la recluta para que los ayude a preguntar a los alienígenas si vienen en son de paz o si pretenden achicharrarnos con rayos interestelares. Su compañero sobre el terreno en Montana será Ian Donnelly (Jeremy Renner), experto en física procedente del Laboratorio Nacional de Los Álamos.

Los alienígenas resultan ser una especie de pulpos con siete tentáculos que son los que se toman como referencia para nombrarlos: los heptápodos. La Dra. Banks establece contacto con ellos en el interior de la nave. Los militares esperan que sea capaz de traducirles sobre la marcha la lengua de los alienígenas; pero, claro, estas cosas son más complicadas.

A lo largo de la historia las civilizaciones de la Tierra se han ido descubriendo unas a otras y han llegado a entenderse a pesar de hablar lenguas que en un primer momento resultaban misteriosas. Los seres humanos nos expresamos en idiomas diferentes, pero todos los pueblos habidos y por haber tienen un idioma. Estos pueden estar muy alejados en apariencia, pero en el fondo están organizados sobre unas estructuras comunes que vienen dadas por la propia constitución de nuestro cuerpo y de nuestra mente.

Los sonidos que pueden producir nuestros órganos fonadores son los que son. Quizás un idioma determinado seleccione una vocal un poco rara o tenga debilidad por secuencias de consonantes más bien inverosímiles, pero al final todos hablamos con la misma boca. Y lo que es más importante: todos pensamos con las mismas estructuras. El cerebro humano está conformado de una misma manera en todos y cada uno de los rincones del planeta. Eso da lugar a unas estructuras cognitivas que son compartidas desde España a Indonesia, desde las selvas del Amazonas a las plantas nobles del One World Trade Center. Nos podrá costar al principio, pero el éxito final de la comunicación entre grupos humanos diferentes está garantizado.

Cuando se produce el contacto con una civilización extraterrestre, la cosa cambia. La primera tarea de la Dra. Banks es descubrir si los calamares gigantes poseen la facultad del lenguaje. En el encuentro inicial se percata de que emiten una especie de chirridos o chillidos que podrían servir de soporte a significados, de manera análoga a lo que ocurre en los lenguajes humanos. Sin embargo, la estructura de estos sonidos tiene poco que ver con la de nuestras emisiones vocales. La tarea de interpretar el idioma alienígena por esta vía resulta cuando menos descorazonadora. Además hay un problema básico.

En nuestro mundo es fácil sentar las bases de una comunicación oral rudimentaria gracias a las referencias que compartimos. Si yo no sé coreano, siempre me quedará el recurso de enseñarle a un coreano una manzana y preguntarle cómo se llama en su idioma. Después me podrá ir enseñando las palabras para el agua, la mano o el sol. En una fase posterior podremos empezar con acciones simples como correr o comer. Poco a poco nos iremos entendiendo. El problema con los heptápodos es que no pueden tener una palabra para ‘manzana’ por la sencilla razón de que en su mundo no hay manzanas de reineta ni peras conferencia. Ni siquiera sabemos si existe algo parecido a la vida vegetal. Difícilmente nos podrán enseñar cómo se dice ‘correr’, puesto que no tienen pies. No hay muchas posibilidades de entablar comunicación por esta vía por la sencilla razón de que nos falta el apoyo de una realidad compartida.

La solución que se le ocurre a la sagaz Louise Banks es pasarse al lenguaje escrito. El análisis de unos registros estáticos puede resultar más viable. Los lingüistas han acumulado una larga experiencia a lo largo de la historia descifrando los testimonios escritos de antiguas civilizaciones (unas veces con más éxito y otras con menos, pero es un reto al que sabemos enfrentarnos). ¿Tendrán algún tipo de escritura estos seres?

Resulta que, como buenos calamares, lanzan chorros de tinta. Con ellos forman unos aros ramificados que tienen toda la pinta de representar información. Siempre que se ha descifrado una lengua escrita se ha empezado por el mismo sitio: encontrar una palabra que podamos reconocer (o mejor si son varias). Se trata de agarrar un hilo del que empezar a tirar para deshacer por ahí toda la tela. Nuestra asendereada lingüista empieza con lo poco que tiene a mano: la denominación para ser humano y el nombre que se da a sí misma la raza de nuestros visitantes. También le van a servir de ayuda los nombres propios: el suyo, el de su colega Ian y el de los dos heptápodos con los que se entrevistan.

A partir de ahí, Louise se va enfrentando a la tarea de descifrar lo que resulta ser un sistema de escritura no lineal. Con la ayuda de un ordenador y con mucha intuición va analizando la poca evidencia lingüística que logra recoger. Empieza a identificar regularidades en las astas que flanquean los círculos de tinta. Eso es cuanto necesita para empezar a reconocer significados. Pero no es suficiente. Para descubrir el propósito que guía a los heptápodos, necesita descubrir si en su lenguaje existen estructuras básicas como la pregunta o nociones como la finalidad o intención.

Los avances se van sucediendo, pero llegados a un cierto punto ella y los expertos que están trabajando de manera independiente en otros puntos del planeta se dan de bruces con uno de los escollos de la comunicación: la ambigüedad. Una palabra, una sola palabra está a punto de desencadenar una catástrofe para la humanidad. La culpable es la polisemia. No voy a explicar aquí los detalles para no reventarte la película, pero sí que voy a dejar caer una pista. En nuestro idioma, una misma palabra como hoja se puede referir a realidades tan inocentes como los órganos vegetativos que cuelgan de los árboles o una lámina de papel, pero también a otras tan amenazadoras como la parte cortante de una espada o de una guillotina. En el idioma de los heptápodos parece que se dan también coincidencias semejantes…

Por suerte, la Dra. Banks alcanza el conocimiento pleno de la lengua alienígena en un momento de revelación que recuerda el Pentecostés de la tradición cristiana. Esto le abre las puertas de un nuevo nivel de conciencia y le permite alcanzar cierta forma de conocimiento que va implícita en el nuevo idioma. Este momento trascendental va a alterar de raíz la vida de la protagonista y el futuro de la humanidad.

Y hasta aquí puedo leer.

Hay algunos puntos de la película que me parecen especialmente interesantes. Para empezar, que sea la lingüista quien aporte un conocimiento nuevo e inesperado a la humanidad. El físico Ian Donnelly, como representante de las ciencias duras, queda relegado a un papel subalterno. Además, es una mujer quien lleva la batuta. Los hombres tienen un papel subordinado en el empeño de comunicarse con los representantes de la civilización exterior. Por otra parte, sus intervenciones suelen entorpecer el éxito de la misión, más que facilitarlo.

Hay también algunos puntos cuestionables. El principal es probablemente el dominio absoluto por parte de la Dra. Banks de lenguas tan dispares como el portugués, el farsi, el chino mandarín o el sánscrito. Parece como si el ser lingüista la facultara para comprender cualquier idioma de este mundo o de cualquier otro.

La llegada es imprescindible para cualquier lingüista o filólogo, independientemente de su especialidad. Tampoco disgustará a traductores e intérpretes, que se verán confrontados con algunos de los retos de su profesión. Pero por encima de eso, será un placer para toda persona que sienta curiosidad por el lenguaje o se sienta atraída por la aventura del conocimiento.

Que conste que no me llevo ningún tipo de comisión por esta reseña, pero si me está leyendo alguien de la distribuidora, que sepan que me pueden invitar al estreno de su próxima película protagonizada por lingüistas. Yo creo que son los héroes que está pidiendo hoy la sociedad.

Ficha de la película:

Título: La llegada

Título original: Arrival

País: Estados Unidos

Año: 2016

Duración: 1 hora y 56 minutos

Director: Denis Villeneuve

Guion: Eric Heisserer (a partir de un relato de Ted Chiang)

Protagonistas: Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker

Música: Jóhann Jóhannsson

Fotografía: Bradford Young

Distribuidora: Paramount

 31 de Enero de 2017  reseñas, varios
Ene 242017
 

Los nombres de los números tienen su plural como cualquier sustantivo que se precie. Este se construye de manera regular; es decir, cuando la palabra en cuestión acaba en vocal, añade la terminación -s:

(1) el cero > los ceros

(2) el siete > los sietes

En cambio, cuando acaba en consonante, toma la terminación -es:

(3) el tres > los treses

(4) el diez > los dieces

El ejemplo (4) tiene un cambio de consonante (z > c) que viene dictado por las reglas de ortografía del español, que por lo general no admiten una zeta ante la vocal e.

No es difícil imaginar contextos en los que podamos usar las formas anteriores, por ejemplo, hablando de las cartas de la baraja:

(5) Sisebuto barajó y nos fue repartiendo las cartas. A mí solamente me salían doses y treses.

Algunos de estos plurales se han convertido en palabras independientes con un significado específico. Por ejemplo, si vamos a Sevilla, nos enteraremos de que los seises son diez (!) niños que celebran una danza ritual en la catedral de esa ciudad. Aunque hoy día sumen una decena, originariamente fueron seis y de ahí salió su nombre. A partir de la forma de plural seises se creó un singular regresivo seise, que es el nombre que se le da a cada una de estas criaturas.

También es interesante el plural cienes. Esta forma solo es correcta en los (raros) casos en que estamos nombrando al número cien (en lugar de utilizarlo con su valor). Por ejemplo, imagínate una tarea en la que le mandamos a alguien lo siguiente:

(6) Subraya todos los veintes y todos los cienes que encuentres en esta tabla.

Casi nunca formamos oraciones como (6). En todos los demás casos, cienes es un vulgarismo. El plural de cien cuando nos estamos refiriendo a cantidades (en lugar de nombrar el número) es cientos. Por tanto, una expresión como la de (7) es incorrecta:

(7) Te lo he explicado cienes y cienes de veces.

Debemos decir esto otro en su lugar:

(8) Te lo he explicado cientos y cientos de veces.

Un matemático, naturalmente, se aproximaría a los números como abstracciones (o yo qué sé qué cosas), pero los lingüistas nos preocupamos de cuestiones tan peregrinas como el nombre que recibe cada uno de ellos en un idioma y sus posibles plurales.

 24 de Enero de 2017  morfología, sustantivo
Ene 172017
 

En la lengua coloquial de España, una de las acepciones del verbo descambiar es ‘deshacer una compra, llevar un producto a la tienda para que nos devuelvan el dinero’. Así es como lo utiliza Antonio Soler en una de sus novelas:

(1) […] hasta que mi madre le pudo comprar otro traje blanco y unos zapatos nuevos que él descambió en la zapatería Moncayo porque le parecía que los suyos todavía le podían servir [Antonio Soler: El espiritista melancólico].

La lógica que hay detrás es la siguiente. El cambio inicial es el que hacemos al entregar dinero para adquirir un artículo. Posteriormente, deshacemos ese cambio cuando devolvemos el objeto en cuestión para recuperar su importe.

Este uso es impecable. Simplemente hay que tener en cuenta que su lugar está en la conversación con amigos y familiares o quizás en obras literarias que se hacen eco de esta forma desenfadada de hablar.

En países de Centroamérica y de la zona septentrional de Sudamérica, a descambiar se le da el sentido de ‘convertir un billete o una moneda grandes en moneda más pequeña’. Tenemos documentado este uso nada menos que en una obra de Miguel Ángel Asturias:

(2) El tipo pidió otra y pagó con un billete de cien varas. Aquella no tenía vuelto y fue a descambiar [Miguel Ángel Asturias: El señor presidente].

Curiosamente, también puede tener el significado contrario, es decir, cambiar moneda menuda por piezas de más valor. Esto no tiene nada de extraño. En nuestra lengua hay más palabras que pueden significar una cosa y la contraria.

Para quienes ponen en duda la alcurnia de este verbo, diremos que no es ni mucho menos un invento reciente. La Academia lo recoge en el Diccionario de la lengua española desde 1843.

En definitiva, el uso de descambiar como ‘devolver un artículo para recuperar el dinero’ es correcto y cuenta con una larga tradición. Hay que saber, eso sí, en qué contextos y situaciones conviene utilizarlo (o no).

 17 de Enero de 2017  léxico, verbo